El escritor ante el desafío de la IA
Nuestros textos han quedado súbitamente expuestos a la intervención constante de la inteligencia artificial. Sujetos a que esta los fiscalice y sentencie. Un autómata ha pasado a hacernos la competencia codo con codo, amenazando con desbancar al escritor de oficio, el que aprendía gramática y normas, el que estudiaba técnicas literarias y pasaba años leyendo a otros para perfeccionar y mejorar su estilo.
Hemos llegado al punto en que, desde detrás de un vulgar teléfono móvil, cualquier desertor del arado cuya única formación sea la de clavar clavos con la frente y arrancarlos con los dientes tenga la capacidad de firmar textos que compitan en calidad con los que podrían salir de la pluma de un graduado en letras por Oxford. No de los de ahora, sino de los de antes, si se tercia.
Lo más surrealista de todo es que, a partir de cierto nivel de escritura, ni siquiera la misma inteligencia artificial puede aclarar a ciencia cierta si un texto ha sido generado por ella misma o por una mente humana. En mi historial consta que, allá por 1996, asistí a un curso de doctorado sobre lingüística automática en el que ya por entonces se olía algo así. Los filólogos ya habíamos previsto hace tiempo que, cuando la combinación del lenguaje humano con la ingeniería del procesamiento de datos llegara a este punto, esta situación se daría. La inteligencia artificial confunde un texto bien redactado con que sea generado por un procesador de datos cibernético como el suyo.
Este fenómeno no sólo es así ya ahora mismo, sino que se agravará según la IA se vaya perfeccionando, ya que la diferencia entre lo que escriba ella y lo que escriba un ser humano seguirá haciéndose gradualmente todavía más estrecha.
Y ante esto, un humano bien entrenado resulta ser mucho más eficaz que la IA para detectar si un texto ha sido escrito por una de estas o por un congénere. En este trabajo, la persona asume una nueva tarea antes inexistente. Donde era previsible que la recién llegada viniera a usurpar el empleo de un hombre o de una mujer, aquí la tenemos generando otro nuevo.
Cuando, en las editoriales, plantillas de personas formadas en este menester se dediquen a examinar los textos para separar las obras realmente escritas por genios humanos de aquellas otras encargadas por vagos a la inteligencia artificial, estas segundas quedarán para ser leídas por los mismos que las producen, los desertores del arado antes mencionados. Un sector que no lee, y cuyos textos, en definitiva, acabarán desapareciendo por falta de lectores. Este será el único camino para que el escritor de verdad se libere del impostor que encarga su obra a la IA.
Pero para esto se necesita la colaboración de los educadores y de las editoriales; o, de otro modo, la literatura desaparecerá. Será así porque el escritor tradicional se veía obligado a leer mucho para poder producir; pero ahora, al ser tan fácil generarla como delegarla en la IA, quienes la produzcan lo harán sólo por lucro y no necesitarán leerla. Degenerarán en una casta no lectora, aunque sí productora. Y, mientras asumen esta tarea, la de leer quedará relegada a las personas realmente educadas y versadas en verdadero arte literario, que no tardarán en darse cuenta de la falta de calidad impuesta por la uniformización mecánica. Luego vendrá el aburrimiento, y por fin el abandono definitivo de la lectura literaria. Para consumir obras de baja calidad, el público preferirá los audiovisuales, puesto que exigen menos esfuerzo intelectual. La literatura de ficción y artística desaparecerá, rechazada por los propios lectores, después de languidecer, podrida, en el miasma de producción repetitiva y facilona defecado por la IA.
Esta situación se ve agravada por los editores cortoplacistas, ocupados en sus fórmulas empíricas de cocinado previo para generar obras venales. La IA ha sido alimentada con estos ingredientes, y ya genera este producto prácticamente por su cuenta. Los textos concebidos de este modo se harán tan comunes que llegarán a aburrir y se extinguirán por su propio peso. Ya ha ocurrido antes, y sin necesidad de una IA que llevara la producción al extremo que ahora puede alcanzar: en España, con la zarzuela, y en el mundo con géneros como el western o la novela de caballerías. Son ejemplos de cómo el exceso de producción llevó a la desaparición, por repetitividad y aburrimiento, de géneros literarios. Pero esta va a ser la primera vez en la que muchos géneros y subgéneros se mueran a la vez, devorados por la monotonía y repetitividad de un estilo y unos esquemas estructurales comunes.
Ante tal panorama, ¿hay salvación para el verdadero escritor? Sí, pero hemos de actuar inmediatamente. Antes de que se haga demasiado tarde.
Debemos buscar zonas de sombra en las capacidades de la IA, y trazar por ahí nuestro camino. El escritor debe procurar hacer lo que resulta imposible para la IA. El hecho de que esta sea incapaz de distinguir textos bien escritos por un cerebro humano de los suyos propios, o su dificultad para descubrir si dos melodías se tratan de una transposición de la misma, son ejemplos de que existen procesos cognitivos en los cuales el cerebro humano se desempeña con una ventaja estructural insalvable para las máquinas.
En literatura, el equivalente exacto a la «transposición musical camuflada» se llama intertextualidad fractal, subtexto elíptico y disonancia cognitiva. Una IA puede imitar el estilo de Cervantes o Shakespeare, pero no puede tejer conexiones invisibles basadas en la abstracción humana profunda.
¿Alguien se había dado cuenta de que se trata de una transposición del cuento de Blancanieves y los siete enanitos?
Esta historia podría adquirir intertextualidad fractal, si la misma dinámica de Blancanieves se repitiera dentro de la historia a menor escala. Por ejemplo: si el sustituto de Negrocarbones sufriera celos de un subalterno suyo, y este a su vez los sufriera de otro aún inferior a él mismo, repitiendo la misma estructura de envidia y despido en cada nivel de la jerarquía de la empresa.
El subtexto elíptico consiste en que el verdadero conflicto, la tensión o el significado de una escena ocurren en el espacio en blanco de lo que los personajes callan, omiten o evitan decir deliberadamente.
El término combina los dos conceptos de subtexto (lo que subyace bajo las palabras superficiales) y elipsis (supresión u omisión intencionada de un elemento que el receptor debe reconstruir).
Mediante el subtexto elíptico, en lugar de que los personajes expresen sus intenciones a través del diálogo directo, el autor retira la información explícita. El sentido real de la escena se construye mediante la acumulación de silencios, evasivas, desvíos conversacionales y un lenguaje corporal que contradice las palabras.
El ejemplo clásico de subtexto elíptico son los cuentos de Chejov, plagados de diálogos sobre trivialidades, como el clima o el té, mientras los personajes sufren crisis emocionales o existenciales que nunca se verbalizan del todo. Todos los grandes escritores lo usan; es típico también en narraciones de misterio o tensión psicológica, como Otra vuelta de tuerca de Henry james, donde este utiliza la elipsis y la ambigüedad psicológica para que el lector dude de si los fantasmas son reales o producto de la mente de la institutriz.
La disonancia cognitiva es el malestar psicológico que siente una persona cuando alberga varias ideas, creencias o valores que se contradicen, o cuando actúa de forma opuesta a lo que piensa. Un ejemplo de esto lo vemos en el Macbeth de Shakespeare. Macbeth es un guerrero honorable, leal a su rey y con un fuerte sentido de la moral. Sin embargo, asesina al rey Duncan para quedarse con el trono. Al no poder soportar la contradicción entre ser un «hombre noble» y un «traidor asesino», su mente se fractura. Comienza a sufrir alucinaciones y recurre a la tiranía extrema y la paranoia como una forma desesperada de justificar que «ya no hay marcha atrás».
La intertextualidad fractal, el subtexto elíptico y la disonancia cognitiva son recursos que, aunque la IA los imite, es incapaz de hacerlo de manera creíble. Pero hay muchos más, aunque los dejaré para otras ocasiones, porque, para ser esto la entrada de un blog, corro el riesgo de alargarme demasiado.


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