Darle basura al intelecto
El tema de esta entrada se me ocurrió tras haber visto a un editor aspirante a «flu» en un vídeo dedicado a aleccionar sobre la cualidad más importante que ha de tener hoy en día cualquier escritor que quiera ver sus obras leídas por alguien.
A los autodenominados influencers les llamo «flus» porque esta abreviatura, «flu», me parece una palabra de lo más apropiado para describir a esta tipología de personajes. Flu es también el apócope con que los angloparlantes se refieren a la gripe, enfermedad que en inglés se denomina con el italianismo influenza.
Y es que los «flus» me parecen el digno resultado del mal que sufre el estado laboral de nuestra sociedad enferma. Cuando hay gente aborregada que necesita a otros que vivan de ser «flus» para decirle cómo se tiene que comportar, cómo tiene que vestir, qué tiene que comprar y dónde, a dónde tiene que ir de vacaciones, a quién tiene que admirar, qué tiene que hacer para vivir, para «curarse» de sus complejos, para entretenerse, para divertirse... o simplemente, para mirar para ellos y tener a alguien a quien envidiar... es que algo está muy enfermo en toda esta sociedad en general.
Se está fracasando en enseñarle a cada persona a ser ella misma, y tal fracaso es deliberado para tener a la sociedad controlada. Antiguamente, los poderes fácticos por lo menos eran más sinceros en esto. Todo el mundo era consciente de que los docentes tenían la misión de uniformar al alumnado, y nadie lo ponía en duda. Ahora, el maestro, o el profesor, es obligado a «respetar» la «diversidad» para no «uniformizar» ni «encasillar». Pero a cambio, los «flus» han recogido el testigo de ser quienes uniformizan hasta al docente, reducido este a poco más que un colega del discente, no pocas veces el «colega malote».
Antes, el encargado de ese cometido de «homogeneizar» al público era una persona educada y formada para ello. Ahora, ha pasado a ser alguien cuanto más ignorante mejor. Vean esas oposiciones en las que están suspendiendo los presuntos «aspirantes» por no saber ni escribir sin faltas de ortografía.
Mientras tanto, a ojos del alumno, en ciertos niveles, el profesor gana poco en una sociedad que valora el dinero por encima de todo, y es un «pringao» al servicio de quienes le dicen lo que debe hacer con sus estudiantes. Un «mandao». Un obrerito del adoctrinamiento. Lo triste es que, siendo el profesor la persona con estudios más cercana que tienen muchos jóvenes, se erige así en un triste ejemplo que hace a estos plantearse para qué estudiar, si se puede ser cómodamente un «flu» y ganar una millonada.
Por otro lado, ha surgido la inteligencia artificial, que los desaprensivos aprovechan para modificar y falsear la realidad. Ya empezamos a ver todo tipo de documentos imposibles de clasificar como verdaderos o falsos, desde los simples escritos hasta los audiovisuales.
De momento sólo el común de los mortales, sin medios técnicos para distinguir realidad de ficción, podemos ser engañados facilmente con estas artes de la IA. Pero pronto será imposible distinguir la verdad de la mentira incluso para los especialistas. Y no valdrán de nada las prohibiciones, porque quien tenga los medios para extender la falsedad con estas sofisticaciones encontrará también el modo de que hasta los mismos poderes judiciales tengan que dejarlos impunes bajo la mentira irreconocible.
Luego está el tema de la Wikipedia, y medios similares. Una fuente que cualquiera, por muy ignorante o sectario que sea, puede editar y modificar, a cuyo servicio se ha añadido la IA con todas sus virtudes, pero también con los defectos que acabamos de describir. Una Wikipedia sospechosa de estar ocupada por «bibliotecarios» clánicos y corporativistas. ¿Es que alguien serio, hasta ahora, se fiaba realmente de lo que dice la Wikipedia sin ir a consultar verdaderas enciclopedias o libros físicos?
Por fortuna, si uno se quiere enterar de la verdad, de momento aún no es difícil consultar en Internet documentos verdaderamente científicos y reales en ciertos sitios patrocinados por instituciones académicamente solventes, o requiriéndolos mediante buscadores especializados como Google Académico. Pero ¿cuánto crees que tardará la red en convertirse en una selva en la cual toda la maleza y hojarasca de la mentira haga muy difícil, o incluso prácticamente imposible, acceder a la verdad?
Y aquí entra de nuevo en juego la IA. Antes, con el buscador tradicional, este enviaba a los usuarios a las páginas donde se explicaban los conceptos de aquello que buscaban. Pero el futuro cercano es que sea la IA quien escoja la respuesta que quiera darte. Esto le da la vuelta a todo el mecanismo que sostenía el sistema de Internet. Hasta ahora, el contenido era introducido en la red a cambio de que los navegantes por ella se detuvieran en los lugares donde se depositaba el conocimiento. Las universidades, periódicos, empresas, administraciones públicas y demás instituciones, o incluso los particulares, subían todo ese contenido a la red para que los cibernautas visitaran sus sitios. A cambio, estos obtenían ingresos publicitarios, clientes o simplemente lectores.
Pero este modelo se acaba. Como la gente busca una duda en Internet, y la IA ya le trae la respuesta, los internautas dejan de visitar los sitios donde introducen la información quienes viven de producirla. Como resultado, estas personas dejarán de dedicarse a ello, y la información introducida en Internet se reducirá o empeorará su calidad. Y la información que nos traiga la IA será, por esta razón, cada vez peor. Y surge una pregunta que ya es inquietante ahora, pero que entonces lo será todavía más: ¿quién decide qué respuestas nos trae la IA como correctas?
Con esto vuelvo al principio de esta entrada, donde me refería al presunto editor-escritor que nos explicaba que si quieres ser leído, hoy en día debes ser un «flu». Si lo que importa es ser un «flu», y esto te lleva a vender libros, ¿esto te lleva a ser leído? Comento de paso que este mismo editor aspirante a «flu» aseguraba en otro vídeo que una tenida por cantante muy famosa se había autoeditado un libro y había conseguido ser best seller, y que, por tanto, la autoedición es un modelo en el que cualquiera puede ganar si lo adopta para sus propias obras.
La cuestión es: ¿está seguro de que todos esos millones de ejemplares vendidos, lo fueron para leerse? ¿Iba acertado, o errado, al poner a un personaje de popularidad multitudinaria como ejemplo de que la autoedición no es un fracaso?
Para contestar esta pregunta, tenemos que examinar la cuestión de cerca. Seamos realistas: si un libro de Madonna o de Rosalía se convierte en best seller, da exactamente igual cómo se publique. Sus incondicionales reventarán el mercado con él por simple fetichismo.
Pero, la gente que compra por fetichismo ¿compra para leer? Que un libro de Madonna o de Rosalía, o de cualquier «flu» con millones de seguidores, sea un éxito de ventas por ser sus presuntos autores atractores de masas, ¿tiene algo que ver, no ya con la calidad del libro, sino siquiera con leer el libro o dejar de leerlo? Y, aunque nadie dude de que este fenómeno no es vender literatura ni nada que tenga que ver con esta, sino merchandising, ¿podemos decir que este ejemplo de mercadeo sea vender libros, o es simplemente vender aire encuadernado?
Un ejemplo paralelo: ¿es lo mismo un restaurante que sirve basura pero que se llena de gente porque su cocinero es un reconocido «flu», que otro restaurante cuyo cocinero está fuera de los circuitos mediáticos pero sirve comida buena? ¿Por qué se llena el primero de gente, y al segundo van cuatro gatos? ¿Acaso es porque valoramos más al uno que al otro? ¿Es ese realmente el significado que tiene la palabra «valorar»?
Estas son algunas de las ideas que nos sugiere lo que está ocurriendo actualmente en Internet. Y, llegado a este punto, dime: ¿has entendido por qué he comenzado diciendo que aproveches tus enciclopedias físicas antes de tirarlas por pensar que la red ya ha cubierto tus necesidades en ese aspecto?

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