De Odiseas, Ilíadas e Ítacas
Quién lo iba a decir. En este mundo cibernético que nos ha tocado vivir, de repente se ha puesto de moda un poema épico escrito en el siglo VII antes de Cristo. ¿La razón? Una película proyectada en los cines.
Esto pasa de vez en cuando: obras literarias de las que no deberíamos olvidarnos, porque están en la base de nuestra cultura occidental, son subvaloradas y nadie las lee hasta que, de repente, por un interés económico, porque alguien se ha fijado en que no hay razón ninguna para que la gente las ignore, se hacen resaltar y vuelven a la vida durante un tiempo.
Y los escaparates de las librerías se han llenado al instante de traducciones de la Odisea y de todo tipo de literatura sobre ella.
La película de Christopher Nolan compendia con acierto la historia de Ulises (Odiseo) y sus adeptos, de modo que no tiene punto de descanso. El espectador sale contento de la sala, sin haberse aburrido prácticamente ni un minuto de las casi tres horas que ha durado la función.
Hace algún tiempo oía por la radio que, en realidad, Ulises no tenía maldita la gana de regresar a casa. Fue una teoría que se popularizó durante algún tiempo, acerca de la personalidad del héroe. Este huiría de las ataduras del matrimonio, y con su actitud engañaba constantemente a los dioses para que lo sacaran de cada atolladero y así poder forzar su caída en el siguiente. Al final, tendría que quedarse en Ítaca porque, al ser reconocido por su perro Argos, los demás compatriotas lo reconocen también, y se ve metido en el compromiso de tener que quedarse en su patria.
Bueno, si examinamos la obra exhaustivamente, parece ser que no es así, aunque se trata de una hipótesis sugestiva. El espíritu, la actitud, puede ser el descrito en los versos del gran poeta griego Constantino Kavafis (1863-1933):
ÍTACA
Cuando en tu viaje partas hacia Ítaca
ansía recorrer un largo itinerario,
en experiencias rico, y rico en sensaciones.
Ni a los Cíclopes, tampoco a Lestrigones,
ni temas al airado Poseidón:
no hallarás en tu ruta a tales seres,
si elevado sostienes tu ideal, si de selecta
emoción empapas tu hálito y tu cuerpo.
Ni a los Cíclopes, tampoco a Lestrigones,
ni al feroz Poseidón encontrarás,
si no son pasajeros de tu alma,
si tu espíritu ante ti no los eleva.
Desea que el camino sea largo.
Que tengas abundantes mañanas estivales
en que con cuánta dicha, con cuánto regocijo,
entres en puertos nunca vistos: párate
en mercados fenicios,
y adquiere las preciosas mercancías,
ébanos y ámbares, marfiles y corales,
y variados perfumes voluptuosos,
perfumes voluptuosos cuanto copiosos puedas;
a ciudades Egipcias numerosas, camina
para adquirir sin fin de sabios enseñanzas.
Siempre en tu pensamiento ten a Ítaca.
Pues acabar en ella es tu destino.
Mas no apures por ello en nada tu viaje.
Pues es mejor que dure muchos años:
y, viejo ya, fondees en la isla,
rico con tus ganancias del camino,
sin aguardar que rico te haga Ítaca.
Ítaca ya te dio el bello viaje.
Sin ella nunca habrías ido al camino.
Otras cosas no tiene ya que darte.
Y si pobre la encuentras, nunca te engañó Ítaca.
Tan sabio habrás llegado a ser, con experiencia tanta,
que habrás ya comprendido qué es lo que significan
las Ítacas…
Recuerdo que el fragmento inicial de esta obra se utilizó en un famoso anuncio comercial televisivo, allá en 2009. Muchos lo recordarán, pero ¿sabía alguien entonces de dónde procedía el texto?

Comentarios
Publicar un comentario