Observaciones sobre la idea de «neotenia literaria» de González Maestro

 

Una de las ideas más memorables de la controvertida teoría literaria del profesor González Maestro (Crítica de la razón literaria), es el concepto de «neotenia literaria».

El término neotenia es una traslación al vocabulario académico filológico, de un concepto biológico. En este ámbito, la neotenia se refiere a la conservación de rasgos juveniles en un organismo adulto. El ejemplo más clásico es el del ajolote (Ambystoma mexicanum), un anfibio endémico de México que destaca por su capacidad de mantener sus rasgos larvarios durante toda la vida adulta (neotenia) y su increíble habilidad para regenerar extremidades, órganos y tejidos completos sin dejar cicatriz.

Las claves del concepto de neotenia en la obra de González Maestro incluyen:
  • Inmadurez intelectual: Consiste en leer, interpretar o escribir literatura con las capacidades cognitivas, el asombro y la ingenuidad propios de un niño, a pesar de tener un cuerpo y una edad cronológica adulta.
  • Rechazo a la racionalidad: Según Maestro, la verdadera literatura exige conocimientos científicos, rigor hermenéutico y madurez de juicio. La neotenia sustituye este análisis racional por la emoción, la fascinación o la reacción puramente afectiva ante el texto.
  • Literatura infantil: Maestro considera que obras orientadas a este tipo de consumo (como El Principito, Harry Potter o Alicia en el país de las maravillas) son productos de esta neotenia, diseñados para mantener al lector en un racionalismo infantil.
  • Crítica al ámbito académico: Utiliza el término para denunciar una "pandemia" en la sociedad actual y en las universidades, donde tanto jóvenes como profesores universitarios abordan obras complejas (como El Quijote) con herramientas conceptuales pobres y pueriles.

Para la corriente filosófica materialista, que es la que sigue G. Maestro, la mente humana no puede crear nada sin usar materiales del mundo real. Por tanto, el autor no está para inventar un universo paralelo estéril, sino para tomar los materiales de la realidad (la política, la historia, las pasiones humanas, las injusticias) y triturarlos, estirarlos o exagerarlos de forma estética para que los veamos mejor. Por ejemplo, García Márquez no inventó la masacre de las bananeras de Macondo, sino que tomó una masacre real en Colombia y la magnificó con la literatura para denunciar la verdad histórica.

Un autor neoténico es mal autor porque te sumerge en la fantasía y quiere que te la creas como un dogma. Así, un fan de Tolkien discute sobre la genealogía de los elfos como si estos existieran. Es una discusión pueril por lo estéril, como don Quijote discutía sobre la genealogía de los caballeros andantes que admiraba. En cambio, un buen autor, el racionalista, te muestra la fantasía pero deja pistas lógicas y formales constantes que te recuerdan que estás ante una disección crítica del ser humano (como Cervantes al pintar a don Quijote de modo que se le vea ridículo en esas disquisiciones pueriles a sus cincuenta años de edad).

Esto es así porque, para Maestro, el autor de literatura de verdad es el equivalente a un filósofo o a un científico social. Su función es objetivar el pensamiento. Escribe para plantear problemas humanos que la ciencia o la historia no pueden resolver con números: el peso de la culpa (Dostoievski), la naturaleza del poder (Shakespeare) o los límites de la locura (Cervantes).

Pero un autor maduro tampoco necesita salir al final de la obra a decir «¡Sorpresa, esto era mentira!». El lector racional ya sabe, desde la primera página, que la literatura es ficción. La grandeza del autor radica en mantener lo que Bertolt Brecht llamaba el «efecto de distanciamiento»: hacerte dudar e interpretar mientras lees, no al acabar.

En resumen: el autor no está para recordarte de forma infantil que «todo es un sueño suyo», sino para construir un artefacto verbal tan potente y tan bien anclado en la lógica humana que, aun siendo mentira, te obligue a comprender mejor las verdades del mundo real.

Ahora que ya he explicado en qué consiste la neotenia literaria según el concepto de Jesús G. Maestro (y si no es así, por favor, que entre él o alguien aquí y me corrija debajo), voy a exponer algunas consecuencias que le veo a su modo de abordar la literatura en relación con este tema.

En primer lugar, con estos esquemas, Maestro niega la soberanía del autor literario sobre su obra. Es decir, que el autor, por mucho que los neoténicos lo sueñen, no es libre para escribir a su albedrío.

Por ejemplo: de entrada, parece oportuno pensar que Cervantes podría haber imaginado que los galeotes, en lugar de devolver pedradas a la libertad que les dio don Quijote, le hubieran quedado agradecidos a este por el favor, y le ayudaran en algún apuro relatado en otro episodio más adelante. Esto habría sido igual de «realista» en el plano físico.

Sin embargo, Maestro argumentaría que Cervantes no podía haber escrito tal cosa porque las ideas dominantes de su época y la lógica interna de su tesis (el loco que actúa contra la mentalidad de su tiempo) se lo impedían.

Para Maestro, un autor literario no escribe simplemente porque sí, en vacío. Cervantes está operando contra una corriente ideológica concreta: las novelas de caballerías, que eran idealistas y enseñaban que los actos nobles siempre tenían recompensas providenciales. Si los galeotes (delincuentes reales, egoístas y peligrosos) le hubieran agradecido el gesto a Don Quijote, Cervantes habría validado el idealismo de los libros de caballerías. Por esta razón, al hacer que le muelan a palos, Cervantes no está eligiendo un final al azar, sino que está obligado por una necesidad lógica y moral: demostrar que el idealismo utópico, al chocar contra la cruda naturaleza humana y el orden social, es «triturado».

Por tanto, Maestro no discute la «realidad» de lo que cuenta Cervantes como si La Mancha existiera de verdad; discute la necesidad interna de las ideas. Para él, el autor no es un Dios caprichoso, sino que es un procesador de los materiales de su tiempo. El «verdadero» autor literario no es libre para hacer con su obra lo que quiera.

Pero si el autor no hace con su obra lo que quiera, ¿por qué este determinismo tiene que ser precisamente aplicado a las circunstancias sociales que rodean al autor? ¿Qué razón hay para que el condicionamiento no venga también dirigido desde su propia biología, su salud, o su situación personal? ¿Por qué hay que considerar literatura lo que genera el autor cuando son las circunstancias sociales las que lo mueven, pero no cuando son cualquiera de las otras que he citado?

La respuesta es que, efectivamente, Jesús G. Maestro, aplicando el materialismo filosófico de Gustavo Bueno a la literatura, niega radicalmente el mito del «autor soberano» o del «genio creador» que inventa desde la nada o desde su pura intimidad psicológica, pero hay que tener en cuenta qué fuerzas o circunstancias de las que arrebatan esa libertad al autor son realmente susceptibles de ser estudiadas desde el punto de vista «científico».

Para entender esto, hay que conectar este marco con la distinción que hace el materialismo filosófico de Gustavo Bueno entre uso y finalidad, dos conceptos que el filósofo se detiene de manera explícita a diferenciar en sus lecciones y escritos sobre la Idea de Fin y Teleología.

Un inciso: diferencia entre uso y finalidad
Dentro de las coordenadas del materialismo filosófico, esta distinción es crucial para desmontar concepciones espiritualistas o metafísicas de la causalidad.
  • El uso: Se refiere a la génesis material y técnica. Es la aplicación o el ejercicio físico y maquinal de un objeto o de una conducta en el presente (por ejemplo, el uso de una herramienta o la función biológica de un órgano). El uso puede darse de forma puramente objetiva o adaptativa.
  • La finalidad: Exige una prolepsis (anticipación causal del futuro). Para que un proceso o el empleo de un objeto sea considerado «finalidad» en sentido estricto, el fin debe estar prefigurado de antemano como un plan o un propósito que guía las operaciones del sujeto, invirtiendo el orden temporal tradicional («lo primero en la intención, lo último en la ejecución»).
En la primera lección de su serie sobre la Finalidad y la Teleología, Bueno aclara que los contextos pragmáticos de uso cambian según la escala en la que nos movamos:
  • Finalidad: Se reserva estrictamente para contextos antropológicos donde interviene la conducta propositiva humana y la planificación institucional.
  • Función o teleología: Se utiliza en contextos no antropológicos (como las estructuras biológicas). Un órgano biológico se usa y tiene un rendimiento causal, pero carece de finalidad porque no hay un diseño previo ni una mente rectora que anticipe su futuro (OJO: estamos hablando desde un punto de vista materialista, no religioso).
Para Bueno, confundir el uso de algo (sus efectos objetivos y técnicos en un sistema) con su finalidad (el plan intencionado) es el error fundamental que cometen tanto el creacionismo religioso como el fundamentalismo de ciertas narrativas científicas populares.

Consecuencias
Así pues, la teoría literaria del materialismo filosófico descompone la figura del autor y de la obra de la siguiente manera:
  1. La finalidad del autor frente al uso de la literatura:
    • La finalidad del autor (Prolepsis intencional): el autor, al escribir, opera con unos planes, intenciones y fines conscientes (quiere dar una lección moral, ganar dinero, criticar a un gobierno o alcanzar la fama). Esa es su finalidad subjetiva.
    • El uso de la obra (Estructura objetiva): una vez que la obra literaria se publica, se independiza por completo del autor. Las instituciones políticas, los lectores, la crítica y la propia dinámica social usan ese texto de formas que el autor jamás pudo prever ni controlar. El uso material y social devora y desborda la finalidad del autor.
  2. El autor como operador, no como creador: el materialismo filosófico sostiene que nada surge de la nada. El autor no es un dios ecuménico; es un sujeto operatorio que trabaja con materiales preexistentes:
    • Lengua institucionalizada: el autor no inventa el idioma ni sus reglas gramaticales.
    • Tradición literaria (Géneros): El autor está obligado a usar géneros literarios (novela, poesía, drama) que ya tienen una codificación formal previa.
    • Coordenadas políticas y sociales: Las ideas que el autor plasma son las ideas de su tiempo (su época, su clase social, su educación o su entorno geopolítico).
  3. La literatura como «Idea objetivada»: por lo tanto, la obra literaria no pertenece al «espíritu» del autor, sino al espacio de las ideas objetivadas. El autor actúa como un transformador o un catalizador: recibe las fuerzas materiales, ideológicas y formales de la sociedad, las procesa a través de las técnicas del lenguaje y genera una obra. Al final, la soberanía es una ilusión. La obra de arte es siempre un resultado social y el autor es, irremisiblemente, un operador condicionado por el mundo que le rodea.
Así, por ejemplo, desvelar la contradicción entre el plan del autor y el resultado material de su texto es uno de los ejercicios más genuinos de la crítica literaria racionalista. El científico literario demuestra científicamente el desfase entre lo que el autor pretendía hacer (su finalidad subjetiva/proléptica) y lo que realmente hizo (el uso y la estructura objetiva de la obra).

Conclusiones
Cabe preguntarse que si, como hemos visto, una vez que la obra literaria se publica, ella adquiere su propia vida, ajena a quien la produjo, y son los demás quienes usan ese texto para manejarlo de formas que jamás pudo prever el autor, totalmente incontrolables por este, entonces ¿qué sentido tiene que G. Maestro deslegitime a los intérpretes que hagan de la obra otros usos diferentes al sentido social, político o crítico según él lo concibe, calificándolos de «neoténicos»?

El sentido de la dura crítica de Jesús G. Maestro a esos intérpretes radica en que el materialismo filosófico diferencia taxativamente entre el uso interpretativo racional y el uso arbitrario, subjetivo o ideológico.

Cuando Maestro afirma que la obra se independiza del autor, no está abriendo la puerta al «todo vale» de la posmodernidad (donde cada lector inventa su propio significado). Al contrario, la obra se independiza del autor para quedar sujeta a los materiales objetivos que la componen y a las coordenadas históricas y sociales en las que se gestó.

Maestro califica de «neoténicos» a los críticos e intérpretes posmodernos por tres razones fundamentales:
  1. El secuestro de la obra por el psicologismo: los intérpretes neoténicos juzgan una obra del pasado (como el Quijote o la Celestina) desde su psicología individual presente, sus traumas, sus deseos o su ideología contemporánea (por ejemplo: lecturas puramente emotivas, identitarias o moralinas). Para Maestro, esto es infantilismo intelectual, ya que sustituye el análisis científico y materialista de la obra por una terapia psicológica o una catarsis personal del lector. Las vivencias personales son indemostrables, y, por tanto, no son científicas.
  2. La desconexión de la ontología materialista: un texto literario está hecho de conceptos e ideas objetivadas en un contexto social y político determinado.
    • El uso racional: Descubrir cómo operan esas ideas objetivas en el texto.
    • El uso neoténico: Ignorar la historia, la filología y la lógica para hacer que la novela diga lo que el lector quiere que diga. Esto no es «usar» la obra, es manipularla o usarla como un mero espejo de las obsesiones del intérprete.
  3. Confundir la «independencia» con la «licencia para el delirio»: que la obra desborde la finalidad (la intención) del autor significa que la obra demuestra realidades objetivas que el autor quizás ni sospechaba, pero que están materialmente en el texto y en su contexto histórico. No significa que el lector pueda otorgarle a la obra cualquier sentido social inventado en el presente. El intérprete neoténico actúa de forma idealista, creyendo que su mente («el lector soberano») tiene el poder de recrear la obra a su antojo.
Para la teoría de G. Maestro, la literatura es un saber crítico y científico, no un espacio de recreación lúdica o narcisista. Quien hace un uso de la novela ajeno a sus componentes formales y a su sentido social materializado, no está haciendo crítica literaria; está haciendo propaganda, psicología o, simplemente, demostrando su propia inmadurez intelectual (neotenia).


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