Tres agujeros en la teoría literaria de G. Maestro
Puesto que es sobre lo que he estado trabajando últimamente, en esta entrada trataré de tres grandes problemas que le veo a la Crítica de la razón literaria de G. Maestro, y que me gustaría ver cómo resuelve él mismo de modo convincente.
Para que se entienda mejor de qué estamos hablando, me he basado en puntos tomados de su propia crítica a El señor de los anillos, de Tolkien, y su comparación con lo que G. Maestro afirma sobre el Quijote. Estos son los puntos:
- Infiltración psicológica camuflada, o la falacia intencional a la inversa:
- Maestro sostiene que la psicología del autor (finis operantis) es irrelevante y que el crítico debe ceñirse exclusivamente a la anatomía objetiva del texto (finis operis).
- Objeción: para afirmar que Tolkien inventó la Tierra Media como un «refugio» motivado por el «rechazo» o la «evasión» de su presente, Maestro necesita obligatoriamente bucear en la mente y las motivaciones del autor. O, al menos, debe explicar cómo distingue el análisis ideológico objetivo de la atribución de disposiciones psicológicas. Al asignarle intenciones emocionales de fuga de la realidad al acto de la escritura, infringe flagrantemente su propio principio de independencia ontológica del texto. No analiza solo el libro, sino que juzga la psicología de quien lo diseñó. Dicho de otro modo: si la Crítica de la razón literaria excluye el finis operantis por considerarlo metodológicamente ilegítimo, debe aclarar con qué criterios distingue el análisis ideológico objetivo de la atribución de disposiciones psicológicas, ya sean individuales o colectivas, pues categorías como «evasión», «neotenia» o «rechazo del presente» parecen presuponer precisamente aquello que la teoría declara irrelevante.
- La paradoja de la simetría ideológica y el dualismo dogmático:
- G. Maestro define las verdades absolutas e idealistas como «falsa conciencia» (estructuras cerradas que niegan la dialéctica materialista de la realidad) y sitúa al materialismo y al realismo como la única vía gnoseológica neutral y científica.
- Objeción: aquí se puede aplicar su propio principio de simetría materialista. Con su división del universo literario de forma tan tajante entre «literatura de conocimiento» (Cervantes) y «literatura de evasión» (Tolkien), surge un problema: ¿con qué criterios distinguimos una clasificación crítica de una exclusión dogmática, y quién los define? Desde la perspectiva del propio materialismo filosófico de Gustavo Bueno, el postulado de la symploké establece que las ideas y los campos de la realidad no están desconectados entre sí, pero tampoco plenamente fundidos ni aislados de forma absoluta. Al decretar que la fantasía es un territorio radicalmente estéril e incomunicado con el conocimiento de la realidad, Maestro transgrede este principio ontológico, incurriendo en un monismo de la exclusión. Si la fantasía puede contener referencias históricas, antropológicas, políticas o morales reconocibles, parece necesario justificar por qué tales conexiones no bastan para atribuirle algún valor gnoseológico sin comprometer el principio de symploké. ¿Cuántas conexiones, de qué tipo y con qué grado de isomorfismo con lo real son necesarias para que un texto produzca conocimiento? Sin ese criterio, la distinción entre «ficción crítica» y «ficción de evasión» queda a discreción del juicio de valor del crítico. Tampoco resulta convincente el recurso de apelar a categorías intermedias como la «ficción de genio» para reconocer el virtuosismo técnico o filológico de Tolkien a la vez que se le sigue negando valor gnoseológico. Esta maniobra opera como una sofisticada cláusula de escape, ya que permite al crítico salvar las apariencias de imparcialidad estética ante una obra monumental, mientras mantiene intacto el prejuicio dogmático de fondo. Al final, fragmentar la genialidad para concluir que una obra puede ser formalmente extraordinaria pero cognitivamente nula es una petición de principio. Lo que Maestro hace es disociar forma y contenido de un modo que su propio materialismo debería prohibir. Si la forma es parte del contenido (como sostiene cualquier materialismo estético serio), entonces una forma extraordinaria no puede ser cognitivamente nula, pues la forma misma es un modo de conocimiento. G. Maestro opera bajo el mismo esquema dualista y maniqueo que critica, al convertir el materialismo en una «verdad absoluta alternativa» y dogmática, un sistema cerrado que expulsa y descalifica apriorísticamente cualquier disidencia formal (fantasía) calificándola de «neotenia» o «infantilismo».
- Contradicción del imperativo ficcional frente a la resistencia de la materia.
- Según G. Maestro, la literatura crítica (indicativa) muestra el mundo tal como es y no impone deseos morales o leyes voluntaristas (imperativa). El Quijote es insuperable porque deja actuar a la física elemental y destruye el género caballeresco desde dentro.
- Objeción: el propio Cervantes impone en el Quijote actos puramente imperativos y pragmáticos. El ejemplo canónico es el final, en el que mata explícitamente al protagonista para blindar la propiedad intelectual y prohibir que nadie más, como Avellaneda, use al personaje. Esa decisión deforma la estructura interna de la novela: la muerte apresurada, la conversión súbita de Alonso Quijano, el cierre abrupto, son anomalías formales que solo se explican por la presión extratextual. Si el texto lleva las cicatrices de la intervención pragmática, la frontera entre «mostrar» y «legislar» se desdibuja. Si Cervantes usa la ficción para imponer su voluntad legal sobre el futuro del mercado editorial, ¿dónde está exactamente la frontera entre «mostrar el mundo» y «legislar sobre el mundo»? ¿Puede una ficción ser puramente indicativa cuando su construcción está orientada estratégicamente a intervenir en instituciones extraliterarias, como pueden ser el mercado editorial, autoría, recepción, etc.? Por otro lado, ir «contra el mundo de su tiempo», como hace Tolkien contra el siglo XX, es penalizado injustamente por G. Maestro solo porque no utiliza el molde del realismo físico tradicional. Puede decirse que Tolkien «va contra el mundo de su tiempo» porque, por ejemplo, critica la industrialización, cuestiona determinadas formas de poder, reflexiona sobre la corrupción política y tecnológica, y expresa una nostalgia ética que entra en conflicto con la modernidad. La cuestión es, entonces: ¿por qué la crítica de la modernidad solo iba a ser «conocimiento» cuando adopta formas realistas, pero no cuando utiliza estructuras míticas o fantásticas? ¿No es discutible que la crítica de la modernidad solo sea conocimiento cuando se formule en términos que permiten su verificación o refutación racional, mientras que el mito, por su estructura simbólica y cerrada, no admita esa operación? ¿No ha sido el mito ya racionalmente interrogado, por ejemplo por Lévi-Strauss, Blumenberg, Ricœur y otros? ¿Puede darse por sentado que el criterio de «verificabilidad racional» no es demasiado restrictivo para la literatura?
Corolario:
La economía científica frente al tribunal normativo
Como cierre a estas objeciones, cabe plantear un problema de economía epistemológica. Si dos explicaciones dan cuenta del mismo fenómeno, parece razonable preferir aquella que introduce menos criterios normativos adicionales a la teoría de G. Maestro. Puesto que la Crítica de la razón literaria defiende que el texto goza de una vida e independencia ontológica propias, resultaría metodológicamente más económico y científicamente aséptico definir la literatura como «el corpus de textos cuyo motivo para ser preservados gnoseológicamente no necesita residir más allá de su propia naturaleza como textos».
Si la literatura posee independencia ontológica, entonces las razones de su valor deberían poder reconstruirse a partir de las operaciones internas del propio texto, sin necesidad de recurrir a criterios externos que discriminen previamente qué formas de ficción son legítimas. ¿Por qué una teoría que insiste en la autonomía ontológica del texto necesita posteriormente acudir a criterios extratextuales para decidir qué géneros producen conocimiento y cuáles no? ¿Cómo demuestra Maestro que de la ontología del texto se derivan sus criterios para determinar qué operaciones textuales producen valor y cuáles no, y que no son importados de una axiología previa (el materialismo filosófico de Bueno) para luego presentarse como si fueran consecuencias necesarias del análisis textual?
Si se objetara desde el materialismo que el valor de un libro no puede quedarse dentro de sí mismo porque debe dar cuenta de cómo organiza y tritura las verdades de otros campos de la realidad, la contrarréplica es inmediata: ¿acaso esos componentes internos y esas operaciones de trituración formal no forman parte ya de su propia naturaleza como texto?
Nuestra definición funcional permite describir el fenómeno literario y respetar el virtuosismo de sus diversas formas, desde el realismo crítico hasta la fantasía épica, asumiendo que la densidad cognitiva de una obra se mide por la arquitectura de sus componentes internos y no por su sumisión al molde del realismo físico.
Sin embargo, a mi entender, el sistema de Maestro se ve obligado a rechazar esta simplificación por una razón evidente: el problema aparece cuando tales criterios normativos no se presentan como tales, sino como consecuencias necesarias de una ontología del texto. En ese punto, la clasificación corre el riesgo de convertir opciones axiológicas discutibles en resultados aparentemente obligados del análisis materialista, como si se tratara de mantener un tribunal normativo que le permitiera dictaminar apriorísticamente qué estructuras ficcionales son dignas de la madurez racional y cuáles deben ser confinadas al banquillo de la neotenia. Al final, la teoría prefiere sacrificar su propia economía metodológica antes que renunciar al poder de juzgar el valor moral y cognitivo del lector.
Si el texto es verdaderamente autónomo, ¿por qué la teoría necesita un tribunal externo para determinar qué formas de textualidad merecen reconocimiento gnoseológico?
¿Necesita realmente la teoría todas esas categorías normativas adicionales para explicar el fenómeno literario, o algunas de ellas cumplen más bien una función selectiva y valorativa que debería reconocerse explícitamente?


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