Unas cuantas preguntas sobre la idea de «neotenia literaria» de González Maestro
En nuestra entrada anterior, presentábamos la idea de «neotenia literaria» según la concibe el profesor G. Maestro. Ahora vamos a completar el concepto. Además, a pesar de que este me parece un hallazgo afortunado para describir y analizar muchos rasgos infantiloides derivados de corrientes literarias o pseudo literarias que se producen actualmente (esto cualquiera lo puede apreciar al observar, por ejemplo, fenómenos o actividades como los llamados «juegos de rol» o el autodenominado cosplay), al final expondré la grave objeción que yo le veo dentro de la propia teoría literaria del propio G. Maestro, y cómo es un arma arrojadiza de ida y vuelta que puede regresar contra él.
En la teoría de este profesor, conceptos biológicos como la neotenia no explican la literatura. Esta se aplica a la conservación de rasgos juveniles en organismos biológicos, y utilizarla como un término literario para justificar la fantasía sería un error de intrusismo gnoseológico. Para él, la literatura es «inteligencia en sí misma», donde lo fantástico y lo real no se oponen, sino que ambos son resultado del pensamiento racional del ser humano a lo largo de la historia.
Según hemos visto, Maestro argumenta que la literatura es un campo donde interactúan cuatro fuerzas: autor, obra, lector e intérprete. Cuando afirma que el uso de la biología en la literatura sería un «intrusismo gnoseológico», se refiere a que no se puede usar la biología para explicar la esencia del texto. Sin embargo, sí cree legítimo usar el concepto de neotenia intelectual de forma externa para explicar la decadencia de dos de los agentes del circuito: el autor contemporáneo que escribe de forma pueril y el lector universitario moderno que es incapaz de ejercer una crítica científica.
Así pues, no introduce el concepto de neotenia literaria como una contradicción ingenua, sino como una herramienta diagnóstica y de combate ideológico diseñada específicamente para denunciar lo que considera el mayor enemigo de la literatura en el siglo XXI. Lo hace motivado por las siguientes razones analíticas:
- Diagnosticar la corrupción del Intérprete (Transductor): para Maestro, el problema actual no está en la ficción en sí (los cíclopes o la fantasía clásica, que son construcciones racionales), sino en el sujeto que lee e interpreta. Introduce el término «neotenia» para señalar una patología intelectual contemporánea:
- Adultos, universitarios y académicos que abordan textos de alta complejidad racional (como el Quijote) desde la pura emotividad, el sentimentalismo o la moralina adolescente.
- Al equipararlo con la biología, Maestro argumenta que un lector neoténico sufre una atrofia: tiene un cuerpo cronológicamente adulto pero un aparato crítico e intelectual completamente infantilizado.
- Atacar el mercado de la «literatura sucedánea»: Maestro utiliza el concepto para justificar por qué triunfan comercialmente ciertas obras contemporáneas deficientes. Al existir una sociedad y un sistema educativo neoténicos, se produce en masa una literatura infantilizada para adultos (un fenómeno que él asocia a autores de consumo masivo o a corrientes de la filosofía posmoderna actual). La neotenia literaria sirve aquí para explicar la degradación de la oferta y la demanda estética en el mercado global actual.
- Delimitar la «literatura infantil» de forma científica: bajo su nuevo prisma, Maestro reclasifica la literatura estrictamente destinada a niños (Alicia en el país de las maravillas, Harry Potter o El Principito) como neotenia literaria programada, un recurso cuyo fin legítimo es estimular de forma controlada el racionalismo en mentes que aún están en desarrollo biológico. El problema surge cuando ese molde se cronifica en el adulto.
- En Tolkien, los elfos, orcos y orígenes de la Tierra Media son una amalgama de mitologías nórdicas reinterpretadas de forma estética y artificial por un académico del siglo XX. Al no tener raíces en una fe histórica real que evoluciona hacia la razón, Maestro los considera meros artificios lúdicos propios de una mente infantilizada que juega a crear realidades paralelas.
- Por contraste, en el mundo antiguo, los cíclopes, centauros o deidades no fueron inventados por un filólogo en su despacho para entretener. Nacieron de la evolución de las religiones politeístas de sociedades históricas reales. Su inclusión en la literatura es una operación antropológica y cultural legítima.
- La obra neoténica tiene un fin social y político: Busca disolverse en el tejido de la sociedad, ya sea complaciendo al mercado o sirviendo a un partido, una moral o una religión.
- La obra lúcida (como el Quijote), no neoténica, persigue un fin gnoseológico: el conocimiento y la demolición de la mentira. No busca encajar en la sociedad; busca diagnosticarla, operarla y, si es necesario, escandalizarla mediante el rigor de la razón.
- La cohesión del grupo mediante el dogma (propaganda): La obra neoténica ideológica busca el reconocimiento y la validación dentro de una comunidad o tribu urbana, política o religiosa. Su fin es confirmar los prejuicios del lector para que este se sienta cómodo y arropado por el grupo. Funciona como un mecanismo de comunión laica o catequesis moderna: no te obliga a pensar, sino a asentir.
- La sedación y la evasión (el mercado de consumo): Cuando la obra neoténica se vuelca hacia lo comercial o lo puramente idílico, su fin social es actuar como un sedante psicológico. Ofrece al lector un refugio infantil o un entretenimiento plano que le permite desconectar de las contradicciones materiales, crueles e injustas del mundo real.
- El fraude gnoseológico institucional: Maestro denuncia que estas obras tienen hoy en día un fin social muy perverso: alimentar las industrias culturales y los planes de estudio universitarios de la posmodernidad. Las instituciones promueven la literatura neoténica porque es inofensiva para el poder y resulta perfecta para adoctrinar a las masas en un sentimentalismo dócil y acrítico.
- El mercado comercial no es «el destino» de la obra: el autor que sigue una receta de cocina literaria para hacerse rico tiene una intención puramente psicológica y económica, y su éxito al lograrlo demuestra competencia técnica industrial, no soberanía artística.
- El autor ha conseguido su objetivo financiero, pero no el control del significado del texto.
- Ha fabricado un producto industrial de consumo perecedero. Para Maestro, el verdadero «destino» de una obra literaria se mide por su capacidad de resistir al tiempo a través de la razón. El dinero que da un best seller hoy es un fenómeno puramente sociológico y de mercadotecnia, no literario.
- ¿Por qué funcionan las recetas literarias? Las fórmulas del tipo «gane dinero escribiendo un best seller» funcionan porque están diseñadas a la medida exacta del público gregarista y neoténico.
- Esos libros no inventan nada; recurren a estructuras psicológicas elementales (el viaje del héroe simplificado, el maniqueísmo del bien contra el mal, el sentimentalismo explícito).
- El autor de best sellers no domina la literatura; domina los mecanismos de la sociología de masas. El éxito de la receta demuestra que el público masivo es predecible bajo ciertos estímulos comerciales, no que el autor posea un control trascendental sobre el devenir de las ideas del libro.
- La trampa del éxito: La obra sigue sin pertenecerle. Incluso si el autor neoténico se vuelve multimillonario, la pérdida de soberanía sobre la obra sigue operando de forma implacable:
- El autor no puede controlar lo que la crítica científica o las futuras generaciones digan de su texto.
- Puede vender millones de ejemplares hoy gracias a las «fuerzas sociales» del mercado, pero en cuanto esa moda ideológica o comercial cambie, el libro desaparecerá por completo porque carece de un armazón lógico inmanente que lo sostenga solo. Pasará de ser un éxito de masas a la nada absoluta.
- Soberanía de la estructura formal. El destino o valor de una obra no depende de las corrientes sociales, sino de su potencia lógica y de su construcción formal. Si una obra pervive, es porque los materiales literarios que la componen son capaces de resistir el paso del tiempo y seguir dialogando con el presente.
- El principio de Symploké: Maestro y el materialismo filosófico defienden que «no todo está conectado con todo». Una obra literaria no es un mero «reflejo» pasivo de la sociedad o de la economía de su época; tiene autonomía e inmanencia relativas.
- Maestro define la neotenia literaria como una prolongación patológica de la adolescencia o la infancia intelectual. Un autor neoténico o un lector neoténico es aquel que es incapaz de enfrentarse a la literatura de forma racional, adulta, científica y dialéctica.
- El autor neoténico es el que cree tener soberanía. Irónicamente, el concepto de neotenia desmonta la soberanía del autor. Según Maestro, los autores neoténicos (o posmodernos) son aquellos que escriben guiados por meras ocurrencias inmaduras, sentimentalismos, ideologías baratas o narcisismos psicológicos.
- Estos autores creen erróneamente que son soberanos de su obra porque "expresan sus sentimientos".
- Sin embargo, desde el materialismo, lo que producen son obras defectuosas, pueriles o infantiles que carecen de potencia lógica y quedan atrapadas en el gregarismo social o la propaganda ideológica.
- Frente al autor neoténico, el autor verdaderamente genial, adulto o valioso (como Cervantes) no sufre de neotenia. Su obra posee una estructura racional e inteligible tan potente que se independiza por completo de su psicología individual. El autor adulto y racional genera materiales literarios que lo trascienden.
- Desmontando el determinismo de la interpretación: Un autor neoténico no está «condenado» a ser interpretado solo neoténicamente.
- Un lector o crítico racional y científico (no neoténico) puede tomar una obra infantil, inmadura o ideológica y desmontarla racionalmente. Al hacerlo, destruye las pretensiones del autor neoténico evidenciando las carencias del texto. El autor neoténico pierde la soberanía porque no puede evitar que la crítica científica desvele su inmadurez.
- De igual forma, una obra cumbre y racional (como el Quijote) es leída constantemente de forma neoténica por lectores o profesores universitarios inmaduros que la reducen a «una bonita historia de amistad» o a un «manifiesto pacifista». Cervantes no puede hacer nada desde su tumba para evitar que su obra sea malinterpretada.
- Así pues, la pérdida de soberanía se resume en que el autor propone, pero la lógica de la obra y el transcurso de la historia disponen. Se manifiesta en tres niveles concretos:
- Soberanía gnoseológica: el autor ignora las consecuencias últimas de lo que escribe. Un autor puede intentar escribir un panfleto ideológico o moralizante, pero si accidentalmente dota a sus personajes de contradicciones humanas profundas, la estructura interna de la obra traicionará su intención inicial. La obra escapa al control de su creador.
- Soberanía temporal (La posteridad): el autor no puede obligar al futuro a entender su obra según sus propios términos. La obra sobrevive si sus ideas y formas poseen suficiente densidad materialista para interactuar con realidades históricas futuras que el autor jamás llegó a imaginar.
- El autor es un elemento más del proceso: en el materialismo literario, la literatura es un espacio interactivo de cuatro figuras críticas: Autor, Obra, Lector e Intérprete. El autor es solo el punto de partida (sujeto operatorio); carece de la potestad legal, moral o científica para imponer el significado de lo generado.
- La obra puede ser «más inteligente» que su autor. A veces, un autor neoténico (guiado por el sentimentalismo o la propaganda) intenta escribir un texto simple, pero al construir la trama y los personajes, introduce —sin darse cuenta— contradicciones humanas y materiales tan reales que la obra adquiere una densidad lógica imprevista.
- Un crítico científico no interpretará esa obra «en términos de su neotenismo», sino que rescatará los aciertos lógicos objetivos del texto, ignorando la inmadurez de quien lo escribió.
- El autor pierde la soberanía porque el crítico le demuestra que su obra dice cosas mucho más profundas, complejas o diferentes de las que su mente neoténica planeó.
- La transvaloración histórica y cultural: obras escritas originalmente desde coordenadas neoténicas o dogmáticas de una época (por ejemplo, cuentos didácticos medievales o relatos morales del siglo XIX) pueden ser leídas siglos después bajo una luz completamente nueva.
- Un crítico actual puede interpretar esas obras no como "muestras de inmadurez", sino como valiosos documentos gnoseológicos o arqueológicos que explican el funcionamiento de los mitos de una sociedad.
- La interpretación deja de evaluar la psicología del autor para analizar la estructura formal del texto en su contexto histórico.
- El autor lúcido y el pastiche. Un autor racional, adulto y geométrico (no neoténico) tiene un dominio total del campo de juego literario. Al poseer una conciencia superior de las formas, puede rebajarse voluntariamente a escribir literatura neoténica (infantil, ideológica o comercial) por dinero, por entretenimiento, o para parodiar los vicios de su época.
- Sabe cómo funciona la mente neoténica y puede reproducir sus taras.
- El autor lúcido puede simular la inmadurez; el inmaduro jamás puede simular la lucidez geométrica.
- El autor neoténico está limitado por su propia impotencia, porque carece de las herramientas gnoseológicas para construir un artefacto racional superior de forma deliberada. Su cerebro está clausurado por el mito o la ideología.
- Si en algún momento excepcional de la historia una obra suya adquiere una densidad lógica que lo supera, ocurre de manera contingente, accidental e inconsciente (porque se limitó a seguir el cauce de un idioma o de unos materiales tradicionales que eran más inteligentes que él).
- Él no diseñó esa lucidez; fue un vehículo pasivo de la misma.
- El autor lúcido (superior): Puede generar obras lúcidas (por necesidad y control) y puede generar obras neoténicas (por voluntad o pastiche). Domina ambos registros.
- El autor neoténico (inferior): Solo puede generar obras neoténicas (por limitación mental). Si su obra llega a ser lúcida, es un mero accidente material ajeno a su voluntad. No domina el sistema; el sistema lo domina a él.
- Sabe que el autor fue «incapaz» o que no fue «inconsciente» comprobando los límites formales de la obra.
- En ciencia, la «capacidad» no es una potencia oculta en el alma, sino un resultado físico observable. Si un ingeniero construye un puente que se cae al pasar un camión, el físico no se pregunta si el ingeniero en el fondo de su corazón era capaz de calcular bien las fuerzas o si lo hizo inconscientemente. El puente se cayó; por lo tanto, el ingeniero demostró ser operativamente incapaz de sostenerlo.
- Con la literatura pasa igual. Si un autor publica una obra cuyas ideas se contradicen, cuyos personajes son arquetipos infantiles y cuyo motor es el dogma moral de su época, el crítico concluye que ese autor fue incapaz de elevarse por encima del mito. La «incapacidad» no es un insulto psicológico, es la constatación científica de un límite técnico insuperable reflejado en el texto.
- Análogamente, supongamos que un autor inteligentísimo decide escribir un libro deliberadamente tonto e ideológico (neoténico) para hacerse rico. ¿Cómo distingue el crítico si es un genio camuflado o un ignorante?
- No le importa. Desde el materialismo literario, el autor es lo que firma. Si un genio escribe de forma consciente una porquería neoténica, de cara a la ciencia literaria ha actuado como un autor neoténico. Sus intenciones secretas o su «verdadera» inteligencia no computan en el análisis material del texto. No hay un premio de consolación para el autor que diga: «Oiga, que yo sé hacer cosas mejores, pero las he hecho mal aposta». La obra resultante sigue siendo defectuosa, y el autor queda calificado por la calidad de su producto material.
- ¿Por qué razón lo hizo así? (La caída definitiva del determinismo social). Maestro explica la "razón" de por qué el autor escribe así, pero sin darle la soberanía a la sociedad.
- El autor escribe condicionado por su presente (el mercado, la política, la religión). Esas son las causas genéticas (el origen).
- Pero una cosa es la causa del origen y otra muy distinta es la causa del destino. Un autor lúcido y un autor neoténico viven en la misma sociedad y sufren las mismas fuerzas comerciales. Sin embargo, ante la misma presión social:
- El autor neoténico se pliega, es asimilado por la propaganda y produce un texto estúpido.
- El autor no neoténico (como Cervantes, que vivía acosado por la pobreza, la censura de la Inquisición y las demandas del mercado de la época) combate y tritura esas fuerzas sociales desde la estructura de su obra.
- El veredicto sobre el autor «neoténico» es un juicio de valor, no ciencia: si la ciencia literaria solo puede analizar el texto (la ejecución material/competencia), y un autor lúcido puede escribir un texto neoténico a propósito (competencia instrumental para el mercado), entonces es gnoseológicamente imposible para el crítico saber si el autor es neoténico o lúcido.
- Al etiquetar al autor (y no solo al texto) como neoténico, Maestro está saltando ilegalmente de la competencia observable (el texto deficiente) a la capacidad interna (la mente inmadura del autor).
- Esto es, por definición, un juicio de intenciones o una especulación psicológica. Es decir, incurre exactamente en aquello que él mismo critica con tanta ferocidad en otras escuelas de pensamiento.
- El colapso de la «independencia de la obra»: si aceptamos que un autor lúcido puede diseñar científicamente un artefacto neoténico para explotar una corriente social o comercial (como el ingeniero que diseña el puente para que se caiga), ocurre lo siguiente:
- La obra neoténica resultante es el producto directo y controlado de una estrategia consciente del autor frente a las demandas de la sociedad.
- Por lo tanto, el origen, la forma y el destino de esa obra sí están determinados por la dialéctica entre la voluntad del autor y las fuerzas sociales que busca explotar. La supuesta «independencia absoluta de la obra respecto al autor» se desmorona en el momento en que la obra es un instrumento perfectamente calculado por su creador. Aunque tenga fecha de caducidad (que, precisamente, es parte de su destino). Ni siquiera las pirámides serán eternas.
- La trampa del materialismo literario en este punto: para salvar su propio sistema de esta contradicción, Maestro se ve obligado a ignorar la distinción entre capacidad y competencia. Su teoría asume dogmáticamente una equivalencia absoluta: eres lo que produces.
- Si produces un texto neoténico, el sistema te etiqueta como autor neoténico.
- Borra por completo la posibilidad de que un autor lúcido esté fingiendo o mercantilizando su escritura. Al hacer esto, la Crítica de la Razón Literaria reduce la figura del autor a un mero autómata biológico que solo puede segregar lo que su nivel de madurez le permite.
- El secuestro del objeto de estudio (Reduccionismo)
- En la ingeniería: El objeto de estudio de la ingeniería de puentes son las leyes de la estática, la resistencia de materiales, la mecánica de fluidos y el cálculo de estructuras. Sostener que consiste en mirar a dónde van los peatones es un reduccionismo sociológico. El puente está igual de bien construido estructuralmente si conduce a una mina de carbón o a una montaña rusa.
- En la literatura: Maestro repite constantemente que la literatura se explica solo desde la obra formal (métrica, sintaxis, tropos, estructuras narrativas). Sin embargo, al calificar a un autor de «neoténico», a menudo deja de analizar cómo está construida la estructura formal de la obra y pasa a juzgar el destino ideológico de sus ideas (si la obra defiende mitos, utopías o entretenimientos que a él le parecen regresivos). Al hacer esto, el crítico literario se convierte en el sociólogo que ignora los planos del puente para criticar que la gente vaya al parque de atracciones.
- La falacia del destino: Confundir la potencia con el uso.
- Materiales vs. Fines: Un puente lúcido (siguiendo tu analogía) construido con hormigón defectuoso se caerá, por mucho que conduzca a una fábrica hiperproductiva. Un viaducto hacia un parque temático puede ser una obra maestra de la ingeniería civil (como el Viaducto de Millau).
- El error de Maestro: En la teoría materialista, el valor literario reside en la complejidad formal y la potencia estética del artefacto (la obra). Clasificar la valía de un autor o de una obra por el «lugar ideológico» al que conduce a sus lectores (el ocio, la religión, el mito vs. el materialismo descarnado) es traicionar el formalismo y volver a una crítica moral o política camuflada de ciencia.
- La trampa de la desconexión (Symploké): este ejemplo ilustra por qué la teoría de Maestro se contradice a sí misma al emitir juicios personales:
- Si la obra es independiente del autor (como el puente lo es del ingeniero una vez inaugurado), calificar al ingeniero de «neoténico» por el uso que la sociedad da a su puente es un anacronismo lógico.
- El ingeniero puede ser un genio de las matemáticas y haber diseñado el puente del parque temático cobrando una fortuna para poder financiar sus investigaciones personales. Su mente es «lúcida», aunque el cartel del puente apunte hacia Disneyland.



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