Blog de literatura y algunas curiosidades, con especial atención a la poesía, de
José Benito Freijanes Martínez
La decadencia de la libertad
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Durante el Romanticismo, la libertad se convirtió en uno de los valores preferentemente cantados y reivindicados por la literatura y el arte en general.
La rebeldía ante las normas y la huida de lo convencional que implicaba el tratamiento de este tópico condujo a una nueva interpretación de la famosa frase del sermón de la montaña Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos (Mateo 5, 10-11).
Con estos mimbres, la consideración hacia la figura del fuera de la ley cambia. Si hasta entonces, este tipo de personajes se consideraba indigna, ahora se lo hace representativo de la lucha frente al sometimiento a las normas de la sociedad que conculcan la libertad del individuo.
Los bandoleros se convierten así en protagonistas de narraciones y poemas, siendo tratados como héroes de conducta cuasi modélica. Y, dentro de ellos, el pirata adquiere características de un valor especial, al operar en un ambiente en el cual ninguna nación ni persona podía controlar sus actos: la inmensidad misteriosa de los océanos, donde era imposible imponer ninguna ley.
Como consecuencia, a partir de finales del siglo XVIII aparece en la literatura occidental una serie de obras que se interesan por la imagen de este personaje.
El poema narrativo El corsario (1814), de Lord Byron, va a ser la obra cumbre que popularice en su tiempo la figura del marino bandido. Los lectores, ávidos de esa libertad que se canta, se sienten identificados con el protagonista, y en ese momento quedarán fijados los rasgos que se atribuirán a su figura mítica con sucesivos puntos álgidos en la novela El pirata (1822) de Walter Scott; El bucanero (1827), poema de Richard Henry Dana; el Canciones de los piratas (1827), de L. M. Fontan; la novela La isla del tesoro (1883) de Stevenson, y muchos otros.
Ya al final de su trayecto a lo largo de todo el siglo XIX, convertida en un tópico sobre el que se ha dicho todo lo posible, la figura acabará parodiada por Barrie en el Capitán Garfio de Peter Pan y Wendy (1905).
Con el surgimiento del cine, sus aventuras de antaño adquirieron interés renovado, al ser puestas ante los ojos del público en este nuevo medio. Y así hemos llegado hoy a esta nueva exageración en todo punto burlesca y desaforada, anuncio ya de una nueva decadencia que acabará con el agotamiento del género (como el spagetti western lo supuso del western). Hablamos de la serie cinematográfica Piratas del Caribe.
¿Qué más se podrá decir ya del pirata después de esto?
En España tenemos un poema que aparece, al menos de forma parcial, en todos los libros de texto de literatura escolar elemental. Es la «Canción del pirata», aparecida por primera vez dentro del libro Poesías, publicado en el año 1846 tras la muerte de su autor, José de Espronceda.
El siguiente vídeo contiene la «Canción del pirata» recitada por el autor de estas líneas. La calidad del audio no es muy buena; pero al menos se entiende, que es de lo que se trata:
Parece ser que el personaje de este poema le fue sugerido a Espronceda por un personaje real, el pirata pontevedrés Benito de Soto Aboal, contemporáneo del poeta y que operó entre 1823 y 1830, año en que, por fin, los ingleses lo capturaron en Gibraltar y lo ajusticiaron.
Por mi parte, en su momento tampoco pude sustraerme a la figura mítica del pirata. Yo mismo compuse el siguiente poema, titulado «La decadencia de la libertad».
En él nos encontramos con un pirata ya anciano, perdido en el océano, que rememora sus viejos días de gloria pero que, sin embargo, se siente fracasado, al no haber podido retirarse rico como esperaba. Sabe que ya pocas batallas le quedan, y que en cualquier momento perderá la vida, pero este es el final al que le obliga ya su desesperación.
La decadencia de la libertad
Aquel viejo pirata, con su pierna de palo
y su garfio por mano, y su parche en el ojo,
era, a pesar de tuerto, y de manco, y de cojo,
en una vieja historia romántica, el cruel malo.
Bebía ron a espuertas, producto de un saqueo
en Santiago de Cuba, no siendo él ni grumete,
y fumaba su pipa debajo del trinquete
a estribor en cubierta, sin recordar mareo.
Mientras rememoraba, en su instante de paz,
cómo ganó la nave dirigiendo un motín
en que ofreció el tesoro de un copioso botín,
el pirata cortaba los vientos con su faz.
En la Tahití lejana tuvo lugar el hecho.
Abandonó a su antiguo capitán a la suerte,
al azar de los mares, y persiguió a la muerte
hasta ponerla en fuga por miedo a su despecho.
Nunca arrancó del pecho los antiguos alientos
de un dolor que ni el tiempo consigue que se pierda,
pues sólo por perfume de mujer ya recuerda
un aroma de rosa, la rosa de los vientos.
La vida allá, en su patria, quebrárase, cual copa
de leve y fino vidrio que se estrella en el suelo.
Citó y mató al amado de su amada en un duelo,
y fue polizón prófugo en un pañol de popa.
Trabajó como esclavo más tarde, en Carolina;
huyó y se echó al camino, donde fue bandolero;
probó suerte en la fiebre del oro después, pero
jugó a una mala baza su floreciente mina.
Así volvió al océano en busca de fortuna,
vacíos los bolsillos y en levas mercenario;
perdió la fe en el hombre, tornose solitario,
taciturno y variable como inconstante luna.
Participó en batallas, se enfrentó a la galerna,
no temió a los tres cabos, allá perdió una mano;
al inglés le robaba lo robado al hispano,
y en una cruel reyerta le amputaron la pierna.
Un atolón desierto en medio del Pacífico.
Allá le desterraron sus hombres, sediciosos.
Al cabo de tres años rescatáronle, ansiosos,
pues hallar no lograban un jefe más magnífico.
Agriose su carácter, fue el terror de los mares.
En cada singladura recorría mil millas.
Lo mismo fuera en Pascua, Borneo o las Antillas,
de su ataque a resguardo no quedaban lugares.
Fue aquél en cuyos labios puso Espronceda el canto,
Dana, Stevenson, Byron, cantaron sus fortunas.
El mismo hombre a quien tanto prometieron las runas
y a quien tan poco dieron que no fuera su encanto.
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